jueves, febrero 07, 2013

Tu belleza sobrevuela Canada




Estamos solos en Nueva York. Tú y yo, solos. Aunque esto no es la ciudad más importante del mundo, ¡qué importa!. No tenemos dinero para enamorarnos de Manhattan, pero podemos ver los viandantes, las luces y están esos taxis amarillos que nos dan sensación de movimiento, de que todo pasa. Hay huertos urbanos para alquilar, gente jugando al ajedrez en los parques, músicos desafiando al silencio y ardillas que juegan al sprint, como si preparasen los mil quinientos. ¡Qué te parece si vamos a pasear, a abrazar con nuestras huellas los ríos!. A ver a donde nos pueden llevar las aguas efímeras...

Te pasas el día soñando, ausente, te quejabas. Ni siquiera me escuchas. Me decías, a veces, estas frases, siempre con un tono de paciencia y cansancio, con el único objetivo de despertarme, de sobrevolar mi letargo.

Sin embargo, yo seguía en las nubes porque no te traicionaba. Tú siempres estabas en mis fantasías, predilecta y segura, algunas veces diferente, con poca lealtad a la ropa, en cualquier paisaje con mar, en un hogar donde siempre es verano. Tu hermosura estaba intacta, plagiada de la realidad, pero cambiaba el escenario, el croma. Y entonces salíamos flechados del cine para guarecernos en la belleza de la ciudad, en su aislamiento, y siempre, en los bocetos, tu y yo, juntos, sin obligaciones.

Pero tu querías irte a Canadá. Te habían ofrecido trabajo y habías encontrado una casa extremadamente funcional, bien situada, y me explicabas lo poco que tardaríamos en ir al centro usando transporte público. En tu tendencia innata a la verdad, me contabas la complejidad de tender la ropa en las estaciones en las que no dejaba de llover, hablabas de ahorrar para el futuro, de decorar la casa, y del banquito fuera, en la entrada, donde estaban programados nuestros desayunos. Tendrás que madrugar para aprovechar el sol, me dijiste.

Así que discutimos una noche y tu terminaste tu maleta. Mis fantasías contra tu pasaporte, yo pensaba que no podía perder. Te fuiste. La casa quedó vacía, ese mismo lugar donde tu te ponias guapa, ofreciendo tu tiempo al espejo mientras yo soñaba, ese sitio cálido era ahora un habitáculo irrespirable, un lugar del que no se puede escapar, nubes para la lluvia.

El cheslón enorme, la televisión durmiendo, el árbol de navidad y sus luces, algunos recuerdos de nuestros viajes, elementos sin sentido si no estabas allí para llenarlo todo, para hacer de luna sobre el escenario de cartón. Los electrodomésticos no bailan, no saben nuestra canción.

Esa misma noche tomé la decisión. Quedó allí, en nuestra antigua casa, un charco de lágrimas profundo que todavía me cala, que me empapa cuando intento evadirme, cuando por un impulso natural vuelvo a Central Park. Dejé los rascacielos rumbo a Canadá, y el viaje en avión fue una metáfora perfecta del cambio.

Ahora huele a frío en la realidad. Tú, yo, nuestros hijos, magia.

Presentado, sin éxito, al concurso Historias de Amor Jamás Contadas

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