miércoles, noviembre 19, 2008

La casa está vacía



Cuando cerró la puerta por última vez el reloj de arena quedó atascado. Al observar las paredes me di cuenta de que los cuadros se habían hecho más pequeños y los muebles eran más austeros de lo que me parecieron el primer día. El contestador tenía la sonrisa apagada, recuerdo de amigos que no llamé para llenar aquel sitio de sexo efímero.

Entonces, mis manos rojas y mi ira empezaron a destrozar el inmueble. Sin piedad alguna.

Sólo paré al ver sus botas. Seguían allí, rectas, desafiantes. Me imaginé entonces que subía las escaleras y volvían descalza para ponérselas en medio de una de sus sonrisas. Pensar en volver a verla me aliviaba, me gustaba recordarla acariciándose sus medias de rejillas para salir a bailar. Entonces me senté a esperar.

Nunca volvieron a verse aquellas medias y aquellas botas.

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