jueves, junio 12, 2008

Fauna Granatensis

Este pequeño artículo parte del libro cuya portada tenéis arriba. El libro se llama Fauna Granatensis y es una teoría humorística sobre los granaínos. Está escrito por el escritor y amigo Jorge Cabrerizo.


En Granada hay dos ríos que son afluentes del conocido Guadalquivir. Uno de ellos, y esto es una objetiva opinión personal, es cuna del romanticismo granadino. Es el Darro y está acompañado de taxis en busca de atropellos y de la guardia tranquila de la Alhambra. País de contrastes.
El otro es el Genil y sus alrededores son un marco genial para paseos y frescas lecturas. No tiene nada que envidiar al Darro pero es diferente, quizás más actual y para nada melancólico.

En el paseo del Salón, que es el que acompaña al segundo río, habita una fauna granatensis que provoca cierta vergüenza en paraje semejante, tan propicio para evadirse un rato de las miserias mundanas.

Los descubrí una tarde noche que fui de compras y al acabar me acerqué a dar una vuelta por allí, pero pensé que era casualidad que hubiese ese día semejantes personajes. Meses más tarde, una rocambolesca situación laboral me obligaba a cruzar dicho paseo martes y jueves. Fue entonces cuando comprobé empíricamente que de azar nada, ellos y los de su especie se ven impulsados a ese lugar tan cercano al afluente:

El viejo estaba descaradamente en el banco frontal a la guiri, típico prototipo de extranjera que no se entera de nada, viéndola de arriba abajo con babas, lengua fuera y sin gafas de sol, inteligente arma para los depravados.

Para comprobar la tesis que apoya este estudio sociológico observé mientras andaba al abuelo en su fechoría. No quitó la vista de la zagala en aquellos tres minutos y pudo deleitarse en aquella carne fresca, ya áurea gracias al sol del Genil. El destino le había puesto a la extranjera una camiseta blanca, y evidentemente trasparente. Puedo decir que era, tras subjetivas comprobaciones científicas, hermosa pero no tan atrayente como para tantas horas de perversión.

Los personajes de esta fauna tienen difícil descripción: son vetustos y completamente diferentes los unos a los otros, los hay como en botiga. Van como lobos solitarios a hacer su trabajo, no hablan jamás con su compañero de oficina.

Yo todavía me pregunto por qué eligen un sitio semejante. Supongo que para nosotros es un misterio sin resolver pero para ellos está claro: es un sitio fresco, el paraje es inmejorable y el paisaje también. Y no se refieren precisamente a los caudalosos muslos del río Genil sino a otros accidentes geográficos más carnosos.

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